#BAFICI2017: Bitácoras (4), por Pablo Roldán Fernández

El día que conocí a Lucrecia Martel

Pregunto a alguien del BAFICI que cómo será la entrega de boletas para la charla de Lucrecia Martel con las actrices de sus películas y me responde que afuera ya hay una fila para reclamarlas, siento que el mundo se me cae porque aparece la posibilidad de una fila inmensa que me podría privar de aquellas entradas.

Son apenas las cuatro de la tarde y la fila ya parece un gusano de mil patas. Me ubico esperanzado y ansioso en el último lugar, que pronto se  convierte en el medio de la fila.

Atrás, comentaban tres hombres sobre las tres películas que habían visto ya en el día (la envidia era absoluta) concluyendo que lo mejor que habían visto era la ópera prima de Kiro Russo, Viejo Calavera.

El sentimiento cinéfilo está en cada respiro y la atmósfera de los admiradores del trabajo de Martel empezaba a sentirse en cada tímido paso que daban los de la organización contando cuántos estábamos en la fila, me imagino que calculaban si la gente se iba a quedar por fuera.

Adelante, un grupo de amigos, todos, al parecer, universitarios, alertas a la llegada de cualquiera de las convocadas a la charla. Pasa María Onetto, la inmortal Mujer sin cabeza. El grupo, con toda la pasión, confiesa para ellos mismos y sus amigos el cariño y amor que le tienen a ella y su visión sobre la actuación (parece que uno de los chicos del grupo estudia actuación y Onetto es una de sus profesoras).

Miro para atrás: la esquina está copada, llegan cinco más.

Frente a mí se alza la fachada del centro comercial donde están los cines y al viento ondea la publicidad del BAFICI con su lema de este año: cada vez hay más cine para ver. En mi cabeza repaso el diseño de mi horario de festival y busco algunos huecos donde pueda poner una película más: quisiera ver todo lo que más pueda.

Volteo para atrás: a esta altura, quien llega duda si logrará sacar su entrada. La esperanza, como en los cuentos, es lo último que se pierde y las caras de estos cinéfilos entusiastas no pierde aliento.

¡Se mueve la fila!  Avanzo y logro sacar mi entrada, como un tesoro la guardo en mi billetera, esperando la hora de encontrarme por fin frente a las palabras de una mujer que me ha indagado desde que conocí, en La Ciénaga, su desestabilizador encanto por las familias.

***

Por fin pongo pie en la sala, que estaba ya a medio llenar. El asiento en primera fila que soñaba no se logró: asientos reservados y entusiastas que madrugaron más que yo están para culpar. Escogí uno que me diera la mejor vista posible, no quería perderme ni un pestañeo  de Ella y sus actrices. Creí que iba a tener  una entrada triunfal, cual campeona del espacio fílmico y el sonido fuera de campo. Cuando me senté ya estaba ella parada al frente hablando con el director del festival, Javier Porta Fouz, que pronto daría inicio a la charla. Lo mejor estaba por comenzar.

Al frente, a escasos metros de mí, está ella, esa cineasta que he pasado años admirando y que me ha confrontado no solo con sus relatos de rupturas familiares, de la fractura de aquel elemento que aglutina los cuerpos dispuestos a la convivencia, sino con el lenguaje cinematográfico mismo. El cine de Martel me lleva en un viaje por esos límites de la expresión, que ella, llena de audacia, difumina con un movimiento de cámara, un encuadre o un diálogo esos límites, subrayando que las combinaciones son (todavía) infinitas.

Martel admira a sus actores y esta charla lo demuestra, los califica como seres que, al contrario del resto del mundo, no evaden la locura y, en cambio, la hacen parte de sus vidas y se obligan a transitar los espacios de la cordura y la locura y llamarlo trabajo.

La reflexión del oficio que se hace entre las actrices y su directora apunta a un haz de luz preciso: Martel dice que prefiere no entender del todo al actor, que el proceso de tratar darle comprensión revestirá a la puesta en escena de otros lugares e ideas. “No saber del todo sirve muchísimo” concluye la directora, animando a los futuros realizadores a apoderarse de lo incierto y dejar que esa mirada que cobija todo (las decisiones que siempre toma el director) se encuentren con la duda y con nuevos significados.

Ovaciones al final.

Después hago tiempo en el pasillo, probablemente esperando una revelación divina, masticando aún las palabras que salieron en la conversación. De repente sale Ella. Se pausa el mundo cuando la miro a sus ojos y ella, determinada, me devuelve la mirada. No huyo, aprovecho y la llamo por su nombre, la saludo y ella me saluda de vuelta. Le confieso mi admiración y ella, con ánimo y complacencia, me firma una postal, que traía yo para la ocasión, de su ópera prima.

Se va y, de repente, el día adquiere sentido.

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